Sin otras alternativas de tráfico marítimo este “pasaje angosto” se convirtió en el verdugo para la quinta parte del petróleo del mundo
Sin otras alternativas de tráfico marítimo este “pasaje angosto” se convirtió en el verdugo para la quinta parte del petróleo del mundo
Por LA ESTACIÓN Uruguay
El centro del debate internacional, en lo que a comercialización de crudo tiene que ver, está puesto hoy en uno de esos puntos críticos que tiene nombre propio: el estrecho de Ormuz, que controla el gobierno de Irán.
Ese angosto pasaje marítimo, ubicado entre Irán y Omán, es el verdadero embudo por donde sale buena parte del petróleo que producen los países del Golfo Pérsico. Cada día atraviesan sus aguas, petroleros cargados con millones de barriles provenientes de Arabia Saudita, Kuwait, Irak, Emiratos Árabes Unidos y Qatar.
En conjunto, por esa ruta circula aproximadamente una quinta parte del petróleo que se comercia en el mundo.
La pregunta aparece inevitablemente cada vez que crece la tensión en Medio Oriente: ¿qué ocurriría si los barcos no pudieran pasar?
La respuesta es tan simple como inquietante: no existe una ruta marítima alternativa directa. Los buques que cargan crudo en los puertos del Golfo no tienen otro camino hacia el océano abierto. Si el estrecho se bloquea, el tránsito naval simplemente queda interrumpido.
Algunos países han desarrollado en los últimos años sistemas para reducir esa dependencia, aunque solo parcialmente. Arabia Saudita, por ejemplo, dispone de un gran oleoducto que cruza su territorio desde el Golfo hasta el puerto de Yanbu, en el Mar Rojo. Los Emiratos Árabes Unidos construyeron una infraestructura similar que permite transportar crudo hasta el puerto de Fujairah, ya fuera del estrecho. Irak también cuenta con un oleoducto que conecta sus campos petroleros con el puerto turco de Ceyhan, en el Mediterráneo.
Sin embargo, esas alternativas tienen una capacidad limitada. Mientras por Ormuz circulan más de 20 millones de barriles diarios, las rutas terrestres disponibles apenas permiten desviar una parte de ese volumen.
Desde los puertos del Mar Rojo o del Mediterráneo, los barcos sí pueden continuar su viaje hacia los mercados internacionales. Hacia Europa, la ruta habitual pasa por el canal de Suez o por el sistema de oleoductos egipcios que conecta el Mar Rojo con el Mediterráneo. Hacia América, en cambio, el recorrido suele extenderse por el océano Índico y el Atlántico, rodeando África por el Cabo de Buena Esperanza.
Pero incluso utilizando todas esas alternativas, el mercado mundial perdería de golpe una porción significativa de su suministro. Y cuando eso ocurre, los precios reaccionan con rapidez.
Por eso, cada vez que el estrecho de Ormuz vuelve a aparecer en los titulares, no se trata solo de una noticia geopolítica. Es también un recordatorio de que la energía del mundo —y con ella la economía global— depende en buena medida de unos pocos corredores marítimos cuya estabilidad nunca está completamente garantizada.
En el negocio petrolero, la geografía sigue siendo tan importante como el precio del barril.