Por LA ESTACIÓN Uruguay
La decisión del gobierno brasileño de eliminar impuestos al gasoil, presentada por el propio Lula Da Silva y el ministro de Hacienda de ese país, Fernando Haddad en el Palacio Planalto, reconfigura de forma inmediata el escenario en la frontera con Uruguay.
Actualmente el litro de Gas Oil en Artigas cuesta 49 pesos mientras que en Quaraí este combustible alcanza a los 55 pesos uruguayos. Hay una diferencia de 6 pesos por litro a favor de nuestro país.
El ajuste anunciado por Lula, de eliminar las alícuotas de PIS/COFINS, que pesan sobre el gas oil, colocaría nuevamente a ese combustible por debajo del precio de Artigas.
No se trata de un ajuste menor ni de una señal técnica. Es una medida directa sobre el precio final, con impacto inmediato en el bolsillo del consumidor.
Mientras Brasil opta por bajar la carga fiscal para contener costos internos, en base a la situación mundial del crudo, Uruguay mantiene su estructura de precios sin cambios sustanciales. El resultado es previsible. La brecha en ciudades como Artigas y Quaraí, que se había achicado para el pago con tarjeta (Super 95 56 pesos el litro en ambas ciudades) podría ampliarse con este medida del gobierno norteño.
Las medidas de Lula
La eliminación de impuestos federales al diésel en Brasil, acompañada por mecanismos de compensación, apunta a evitar que la suba internacional del petróleo se traslade al mercado interno. Es una decisión política clara, el Estado absorbe parte del costo para proteger la actividad económica.
Decreto N.º 12.875/2026 — elimina las alícuotas de PIS/COFINS aplicables al diésel en la importación y en la comercialización de este combustible.
Decreto N.º 12.876/2026 — establece medidas de transparencia y fiscalización para combatir la especulación y los precios abusivos de los combustibles en Brasil.
Medida Provisoria N.º 1.340/2026 — autoriza la concesión de una subvención económica a la comercialización de diésel de uso vial en todo el territorio nacional por parte de productores e importadores, y dispone sobre el impuesto a la exportación de diésel
Del lado uruguayo, el esquema es otro. El precio del gasoil continúa atado a una lógica que incorpora paridad de importación, costos estructurales y componentes que exceden el producto en sí, que incluye un 14% de IVA.
Frontera, el primer termómetro
Cuando Brasil baja el precio y Uruguay no acompaña, el efecto es automático. El consumidor cruza. No hay discusión técnica ni fidelidad comercial que resista una diferencia significativa de precios.
Para las estaciones de servicio del norte, esto no es una hipótesis. Es una realidad que se repite cada vez que la brecha se amplía. Menos ventas, menor circulación y una competencia que se vuelve directamente imposible.
Más que estaciones, toda la economía
El impacto no se limita al comercio minorista. El gasoil es un insumo transversal, afecta al transporte, a la logística, al agro y a buena parte de la actividad productiva.
Si Brasil abarata el combustible y Uruguay no, la diferencia no queda en la frontera. Se traslada a los costos internos y, en consecuencia, a la competitividad del país.
Dos modelos frente a frente
Lo que se configura es un contraste cada vez más evidente.
Brasil decide intervenir para amortiguar el impacto externo. Uruguay mantiene un esquema que prioriza la consistencia interna del sistema de precios. No es una discusión técnica, es una diferencia de enfoque.
En un contexto regional competitivo, el mayor riesgo para Uruguay no es solo la pérdida de ventas en frontera. Es consolidar una posición relativa de costos más altos frente a sus vecinos.
Y cuando eso ocurre, las consecuencias son acumulativas. Menos consumo interno en zonas limítrofes, menor actividad en estaciones de servicio y mayores costos para sectores que compiten en mercados internacionales.
Una señal que obliga a reaccionar
La medida brasileña no es permanente, pero su impacto sí puede serlo si la brecha se instala, de hecho hay una de las medidas catalogada como “provisoria”.
Porque cada vez que el precio del combustible deja de ser competitivo, el ajuste lo hace el mercado. Y el mercado, en frontera, se mueve.
Más allá de la coyuntura, el episodio vuelve a dejar en evidencia una tensión estructural.
Uruguay necesita sostener un esquema de precios que financia distintos componentes del sistema. Pero al hacerlo, expone a sectores enteros a competir con desventaja.
La reciente decisión de Brasil vuelve a poner sobre la mesa una pregunta que Uruguay viene postergando.
Hasta qué punto es sostenible mantener precios internos elevados cuando los países vecinos hacen exactamente lo contrario.