Para una estación urbana mediana que vende en promedio unos 3 millones de litros al año, la sustitución de cada 1.500 autos eléctricos equivale, en volumen, a una estación menos operando a pleno.
Por LA ESTACIÓN Uruguay
Según estimaciones técnicas basadas en el kilometraje promedio anual en Uruguay y el consumo típico de la flota a combustión, un vehículo eléctrico que sustituye a uno de motor tradicional evita el consumo de entre 1.200 y 1.800 litros de nafta por año.
Este cálculo, que combina rangos de 14.000–18.000 km recorridos anuales y consumos promedio de 7–10 L/100 km, permite dimensionar el efecto real de la electrificación sobre los despachos.
En números simples:
5.000 vehículos eléctricos equivalen a 6–9 millones de litros menos vendidos al año.
10.000 eléctricos representan 12–18 millones de litros menos.
20.000 eléctricos se traducen en 24–36 millones de litros que no pasan por un surtidor, solo por efecto de la electrificación de la flota.
Para una estación urbana mediana que vende entre 2 y 3 millones de litros al año, la sustitución de cada 1.500 autos eléctricos equivale, en volumen, a una estación menos operando a pleno.
El desafío de la infraestructura de carga
Al mismo tiempo que la electromovilidad presiona a la baja los despachos de combustibles tradicionales, Uruguay también avanza en la construcción de su red de carga eléctrica. Hoy el país cuenta con alrededor de 460 puntos de carga públicos distribuidos en todo el territorio, principalmente operados por UTE, con una porción operada por empresas privadas y concesionarios. La mayoría son puntos urbanos o regionales, con algunos cargadores rápidos en rutas estratégicas, y se proyectan cientos de nuevos terminales a instalarse en 2026 para aliviar la demanda creciente.
A primera vista, ese número puede parecer modesto frente a los más de 2.000 surtidores de combustibles tradicionales en todo el país, pero refleja un crecimiento acelerado comparado con apenas unos pocos años atrás. Sin embargo, el 80% de la carga se realiza en hogares o lugares de trabajo, una diferencia estructural frente a los combustibles líquidos, que obligan a una parada física en un punto de expendio. Esta particularidad redefine la lógica de negocio de los operadores estacioneros.
Costos, caja y futuro del negocio
Mientras las ventas de combustibles líquidos se ajustan a la baja, los costos operativos de las estaciones —alquiler, carga salarial del personal, logística, servicios, impuestos, aranceles de medios de pago etc.- no lo hacen con la misma velocidad y en algunos casos la ecuación puede “empatar” el negocio
Un reclamo persistente del sector es el elevado arancel de débito para la venta de nafta, que puede rondar el 1% más IVA, sin posibilidad de descontar el impuesto por tratarse de un producto exento. Eso reduce aún más el margen en un contexto de menores volúmenes.
Frente a este escenario, varias estaciones han empezado a evaluar la instalación de puntos de carga eléctrica en sus instalaciones, combinando servicios convencionales con nuevas fuentes de ingresos, aunque tal como el presidente de UNVENU Daniel Sanguinetti había consignado a nuestro medio, aún se requiere mayor apoyo del gobierno para que la electro movilidad prospere en las estaciones de servicio.
Conclusión: adaptarse o quedarse atrás
La transición energética ya no es un concepto futuro o lejano: está ocurriendo ahora y empieza a verse en números concretos. La caída de volúmenes de despacho, la expansión de la red de carga pública y los cambios en los hábitos de movilidad plantean desafíos y oportunidades para las estaciones de servicio.
El sector enfrenta un doble reto: sostener la rentabilidad de un negocio tradicional con menos litros vendidos y, simultáneamente, encontrar su lugar en una matriz energética más diversa y descentralizada.