Por LA ESTACIÓN Uruguay
Hubo un tiempo en Uruguay, en que una estación de servicio no era solo un lugar para cargar combustible. Era un punto de encuentro, una referencia barrial, casi una postal del balneario.
La ex estación ESSO de Las Toscas es uno de esos casos que hoy sobreviven apenas como recuerdo, detenidos en una foto y en la memoria de quienes la vieron funcionar.
Lejos de las rutas y del tránsito pesado, esta estación estaba inserta en el propio tejido del balneario, pensada para el vecino, el veraneante, el auto que llegaba desde Montevideo cargado de sombrillas y ansiedad por el mar. Su escala lo decía todo: no era una estación de paso, era parte del lugar.
Arquitectura del siglo XX
El edificio, todavía en pie, responde a una arquitectura que hoy sería impensable en el negocio del combustible. Techos de teja, muros de mampostería, piedra vista, columnas robustas y un conjunto integrado que albergaba mecánica, engrases y servicentro.
Una estación que parecía más una casa grande que una instalación industrial. En aquellos años, la permanencia importaba tanto como la funcionalidad.
Un viejo sello
Durante décadas operó bajo el sello Esso, en tiempos en que la marca tenía presencia fuerte en Uruguay y las estaciones eran concesiones casi personales, con nombre propio y trato cotidiano. Allí se cargaba combustible, pero también se pedía una revisión rápida, se inflaban las ruedas o se conversaba un rato más de la cuenta.
A fines de los años noventa, como tantas otras, esta estación cerró. No por falta de clientes, sino porque el negocio cambió. Las nuevas exigencias ambientales, la evolución tecnológica, la necesidad de mayor escala y la imposibilidad de adaptar predios antiguos fueron empujando a estas estaciones fuera del sistema. El combustible siguió su camino; los edificios quedaron.
Testimonio silencioso
Hoy, donde alguna vez hubo surtidores, ya no hay nafta ni gasoil. El lugar mantiene su estructura, con otros usos, y funciona como un testimonio silencioso de una época en la que cargar combustible tenía algo de ritual y de pertenencia barrial.
Las estaciones que el combustible dejó atrás no figuran en estadísticas ni en resoluciones. No aparecen en los informes del PPI de URSEA ni en los debates regulatorios. Pero explican, mejor que muchos cuadros, cómo fue cambiando el vínculo entre el negocio, el territorio y la gente. Y por qué, a veces, una foto dice más que un decreto.
Las historias de las viejas estaciones en Uruguay es extensa y los recuerdos llegan en amenas charlas con viejos estacioneros o sus familiares, que intentaremos ir reproduciendo en homenaje a un Uruguay de otrora.