Por LA ESTACIÓN Uruguay
América Latina volvió a subirse al escenario global con un mensaje ambicioso: dejar atrás los combustibles fósiles. La cumbre en Santa Marta que se desarrolla hasta el próximo jueves 29, reúne a más de 50 países y pone a la región como protagonista de la transición energética. El discurso suena bien. El problema es que la realidad va por otro carril.
Porque mientras se habla de descarbonización, las economías siguen dependiendo del petróleo.
La región puede mostrar números que impresionan. Más del 60% de su generación eléctrica es renovable, una marca que pocos bloques en el mundo pueden igualar. Uruguay, Brasil, Colombia y Chile empujan esa estadística y la convierten en bandera. Pero esa foto, aunque real, está incompleta.
El sistema energético no es solo electricidad.
El transporte, la logística y buena parte de la industria siguen atados al combustible líquido. Y ahí no hay transición. Hay continuidad. Brasil acelera su offshore, México blinda su esquema petrolero, Uruguay apura la exploración, y varios países sostienen subsidios o estructuras que hacen imposible un corte real con el crudo.
Nadie quiere quedar afuera del relato verde, pero tampoco nadie quiere perder la caja. Porque el petróleo sigue financiando Estados, equilibrando cuentas y sosteniendo economías. Y en ese equilibrio incómodo, la transición se vuelve un discurso de largo plazo… con decisiones de corto que van en sentido contrario.
Transición no alcanza
Colombia lo expone con claridad. Avanza en renovables, logra hitos en generación limpia, pero los proyectos se traban, los conflictos sociales crecen y el sistema empieza a mostrar fisuras. La transición existe, pero no alcanza.
Venezuela ni siquiera juega ese partido. Intenta reconstruir un sistema eléctrico colapsado, negociando con gigantes internacionales. Allí no hay agenda verde: hay urgencia.
En paralelo, el mundo mete presión. Por primera vez en un siglo, las renovables superaron al carbón en generación eléctrica global. Eso empuja inversiones, acelera decisiones y obliga a todos a moverse. LATAM tiene recursos, territorio y potencial. Pero también tiene límites estructurales que no se resuelven con declaraciones.
La región está atrapada en su propia narrativa.
Puede liderar la transición en electricidad, pero no logra trasladarla al resto de la economía. Puede atraer capital, pero no garantiza ejecución. Puede prometer futuro, pero sigue financiándose con el pasado.
Para Uruguay, la señal es clara. Haber transformado la matriz eléctrica fue un paso enorme, pero ya no alcanza para diferenciarse. El desafío ahora es otro: cómo salir del combustible líquido sin romper el sistema.
Porque hay una verdad incómoda que en Santa Marta nadie dice en voz alta:
América Latina no está dejando el petróleo.
Está tratando de convivir con él mientras finge que se despide.