Por LA ESTACIÓN Uruguay
El barril retrocedió a USD 82,59 después de haber superado los USD 100 semanas atrás. La baja no responde a un cambio en la oferta ni en la demanda global, sino a un factor más volátil: el comportamiento del Estrecho de Ormuz.
Hoy el principal corredor energético del mundo —por donde circula cerca del 20% del crudo transportado por mar— no está cerrado ni plenamente asegurado. Funciona en modo intermitente. Un día aparece riesgo de interrupción y el precio sube; al siguiente, la tensión se modera, Trump anuncia la panacea y el mercado corrige.
Abre y cierra
Ese “abre y cierra” no es formal. Se expresa en señales: costos de seguros, decisiones de navieras, movimientos militares o advertencias de seguridad. No detiene el flujo, pero alcanza para mover el precio.
El resultado es un petróleo que dejó de responder a fundamentos clásicos y pasó a operar por eventos. Subas rápidas ante cualquier señal de riesgo, bajas igual de veloces cuando ese riesgo se diluye. Volatilidad sin tendencia clara.
Para Uruguay, esta dinámica genera un problema de sincronización. El sistema de fijación de precios —basado en referencias externas, promedios y amortiguación política— no captura esos movimientos en tiempo real. Cuando el crudo sube con fuerza, el traslado es parcial; cuando baja, el ajuste no es inmediato.
Ilógica de Ormuz
Con el barril en USD 82, el escenario no habilita rebajas en surtidor. El nivel sigue siendo alto respecto a los valores previos al conflicto y, además, parte del impacto anterior no fue trasladado completamente.
El dato relevante no es la baja en sí. Es el régimen en el que entró el mercado. Mientras Ormuz opere con esa lógica inestable, el petróleo no va a encontrar un rango firme.