Por LA ESTACIÓN Uruguay
Lunes 17 de agosto del 2026
El expresidente de ANCAP Alejandro Stipanicic puso el foco sobre uno de los aspectos menos visibles de la discusión en torno a HIF Global: si el actual modelo eléctrico uruguayo está preparado para recibir inversiones industriales capaces de modificar sustancialmente la escala de generación y consumo de energía del país.
En un editorial publicado por el Centro de Estudios de Políticas Públicas (CEPP), Stipanicic sostiene que UTE continúa funcionando bajo una lógica diseñada fundamentalmente para atender una demanda interna relativamente pequeña y previsible, mientras el país intenta atraer proyectos industriales electrointensivos que requieren otra dimensión de infraestructura, generación y transmisión.
Una vieja discusión
La reforma del marco regulatorio eléctrico de 1997 abrió formalmente la generación a privados y creó las condiciones para un Mercado Mayorista de Energía Eléctrica. Sin embargo, casi tres décadas después, Stipanicic entiende que aquella transformación quedó incompleta y que UTE continúa dominando en los hechos buena parte del funcionamiento del mercado.
Para el exjerarca, esa situación tiene consecuencias concretas. Las inversiones públicas en generación deben competir con las necesidades de transmisión y distribución, mientras la falta de infraestructura y de un mercado suficientemente competitivo termina dificultando el ingreso de nuevos proyectos privados.
HIF como caso testigo
Stipanicic lleva ese razonamiento directamente al proyecto de HIF Global y cuestiona las estimaciones que presentan el eventual acuerdo como una fuente de pérdidas millonarias para UTE.
Según sostiene, el esquema originalmente planteado sería de compra y venta de energía al mismo costo y sin obligación permanente de compra para UTE, lo que reduciría buena parte de los riesgos atribuidos al negocio.
Incluso plantea el argumento inverso: si HIF finalmente no concreta su inversión, UTE perdería la posibilidad de quedar vinculada a un complejo de generación con una potencia instalada comparable con la demanda máxima del país y que, por su escala, podría adquirir importancia incluso para la interconexión eléctrica regional.
El problema, según Stipanicic, aparece cuando UTE considera a emprendimientos de semejante dimensión, simplemente como clientes de su red y pretende aplicarles la misma lógica utilizada para consumidores de mucho menor porte.
Su cuestionamiento no implica que el Estado deba asumir cualquier costo para conseguir inversiones privadas. Por el contrario, señala que tampoco sería aceptable comprometer grandes recursos públicos en beneficio de una empresa. El punto central es otro: UTE y los grandes inversores no deberían negociar como adversarios en un juego donde necesariamente uno gana y el otro pierde.
El precio de quedarse chico
En otra parte de su editorial, Stipanicic sostiene que Uruguay construyó exitosamente una matriz eléctrica basada mayoritariamente en fuentes renovables, pero corre ahora el riesgo de que esa fortaleza no pueda convertirse en una plataforma para atraer grandes industrias consumidoras de electricidad.
Si la capacidad de generación continúa creciendo únicamente en función de la evolución de la demanda doméstica y de las posibilidades de inversión de UTE, el país —advierte— puede terminar limitando artificialmente su propio potencial energético.
De allí surge el dilema que atraviesa todo su planteo: mantener un sistema eléctrico pequeño, extremadamente controlado y seguro o asumir los riesgos necesarios para crecer.
Para Stipanicic, la solución requiere una red de transmisión preparada para una escala muy superior, reglas que permitan a generadores privados instalarse bajo su propio riesgo y peajes razonables que hagan posible vender energía directamente a grandes consumidores.
Acuerdo político
También reclama un acuerdo político de largo plazo que redefina el papel de UTE: dejar de actuar exclusivamente como proveedor monopólico y transformarse además en un actor capaz de facilitar y distribuir energía para nuevos grandes clientes.
La discusión, concluye, no debería resolverse exclusivamente dentro de UTE ni mediante una imposición política sobre criterios técnicos. Requiere una definición estratégica del país.
Su frase final resume la disyuntiva: “Se trata de ver el futuro para crecer o verlo a través del espejo retrovisor añorando lo que fuimos”.